jueves, 3 de mayo de 2007

LA EDAD DEL HUECO

La semana pasada retomé un artículo publicado en el diario “El Universal” sobre el concepto de felicidad que tiene la “juventud” de hoy en día. Algo ciertamente difícil de alcanzar, definir e incluso conocer.

Hoy nuevamente vuelvo a tomar el trabajo de alguien más para expresar esos sentimientos que tal vez la generación en la que me y nos tocó vivir son persistentes día a día.

En esta ocasión, y previo permiso otorgado por la Licenciada en Psicología Liliana Carreón, publico este artículo sobre esta etapa de la vida de cualquier persona, que al menos los contemporáneos posiblemente podremos entender a la perfección.

Ah que lejos quedaron los problemas de la adolescencia donde parecía que el mundo iba detrás de nosotros y cualquier mínima palabra hacía que una situación creciera lo más grande posible. Bueno, en este sentido creo que tal vez no hemos cambiado tanto, ¿o si? A ver quien de los cuatro en esta foto reconoce a esa persona que existía hace ya prácticamente 13 años.


Una vez más, gracias Liliana por compartir este escrito.

LA EDAD DEL HUECO

Como buena estudiante del comportamiento humano, durante mi deformación profesional tuve que chutarme varios libros de Psicología de desarrollo. Estos libros abarcaban etapas desde del desarrollo prenatal, pasando por la adolescencia hasta llegar a la llamada Tercera edad. Muchos de dichos textos fueron escritos en las décadas de los 70’s y 80’s.

Al estudiar era bastante frecuente que entre mis amigas y yo hiciéramos bromas con relación a lo que describían los autores y lo que habíamos experimentado nosotras mismas, pues podíamos ver claramente identificadas las características de la adolescencia, como por ejemplo el amor platónico, el antagonismo con los padres entre otras.

Actualmente, después de ocho años de graduada, no recuerdo mucho acerca de lo que en su momento leí en relación a la etapa de desarrollo concerniente a la edad de los 30 años. Vagamente puedo recordar que era como un hueco en algunos libros, ya que se planteaba que la etapa de la juventud, de manera general, abarcaba el período entre los 18 y 29 años. Después de eso los autores prácticamente hablaban de la edad de los 40. Claro, se describía que en los años previos el ser humano se habría incorporado a la vida laboral, contraído nupcias y tenido hijos.

¿Qué manera de simplificar la existencia, verdad? Hoy en día para aquellas personas que nos encontramos entre los 29 y 34 años, nos parecería bastante risible y distante el abreviar de esa manera nuestra vida.

¿Cuál es la realidad? La realidad es que somos una generación en medio de la nada. Por ejemplo, si trazáramos una línea de tiempo, ubicando generaciones, nuestros padres estarían ubicados en un punto en el que el desarrollo y bum de la tecnología está más allá del bien y del mal, no les preocupa el no entender de leguajes de programación de los avances de punta, para ellos se encuentra lo suficientemente distante como ubicarlo en el término de la modernidad.

Por otra parte, encontramos en las nuevas generaciones, a aquellos comprendidos entre los 10 y 25 años. Una generación acostumbrados a los cambios vertiginosos tanto a nivel de tecnología como a los referidos a nivel social. Hablamos de gente acostumbrada al arte del aparecer y desaparecer, ahora es así mañana ya no, hoy está-mañana ya no, y ni quien se acongoje con eso.

Pero enfoquémonos en la gente de en medio. Se trata de entes que no recibieron la introducción a la tecnología por parte de sus padres, frecuentemente sucede lo contrario, hijos ayudando a lidiar a padres con ello o peor aún, seres que solicitan la orientación o apoyo de pubertos expertos en la materia.

Otra característica es que la generación del hueco pertenece al gremio laboral. Sin embargo, a pesar de distar de la primera experiencia de trabajo, se ubica en empleos mal remunerados, con pocas oportunidades de desarrollo profesional y económico. Claro lo anterior es en el mejor de los casos ya que por otra parte encontramos, a los que cursaron una carrera universitaria y a esta altura del partido no han ocupado un puesto que se relacione, ni medianamente, con lo que estudiaron.

Por si fuera poco nos enfrentamos a un elevado índice de desempleo, ventaja que aprovechan los empleadores para mal baratar el trabajo de profesionistas. Y es así que encontramos la ambivalencia de seguir pegados a un empleo con jefes, cuyas características parecen haber sido inspiradas del Perfil psicológico de las brujas de Walt Disney, o el tener que formarnos tras 200 personas en busca de la oportunidad a una entrevista laboral.

Hablemos ahora del tema del matrimonio. Es más fácil que los miembros de dicha generación hayan encontrado el empleo de su vida, que al amor para toda su vida. Aquí tenemos también varios subgrupos. Comencemos por el más numeroso de ellos, el cual está compuesto por gente soltera, sin una relación de noviazgo (obviamente sin planes a mediano plazo de boda) y que viven en casa de sus padres. En el siguiente, ubicamos a los arriesgados, que después de un noviazgo de meses decidieron casarse para que pasado un año, decidieran cambiar su estado civil al de divorciados, obviamente sin haber procreado hijos. Por supuesto que en menor frecuencia, existe dos o cuatro despistados, felizmente casados y en espera de ser padres.

Las anteriores abarcan las nuevas características sociales de esta etapa de desarrollo pero qué pasa en el área emocional. Si bien parece que en nada atinaron las descripciones en los libros de psicología, algo si puede ser rescatable. Varios autores coinciden en que la mayoría de las etapas se caracterizan por una crisis, pero ¿cómo es la que experimenta este grupo?

Se trata de una crisis profunda y persistente. Se experimentan una serie de sentimientos negativos como la no identificación social, la cual deriva en una sensación de soledad. Hay una insatisfacción constante derivada de la lucha entre el ser y el deber ser, sin tocar el punto escabros del “tener” que nos ha contagiado la era del consumismo. Cambios físicos, achaques como colesterol alto, cansancio permanente, sobrepeso y dolores de zonas que ni habíamos descubierto que teníamos.

Así que para finalizar y para contribuir en la actualización del contenido en los libros de desarrollo psicológico, podemos decir que la edad del hueco es eso, sentir un enorme hueco imposible de llenar y que lejos de desaparecer crece y crece.

Esperemos que la solución para sobrevivir a esta etapa, igual que en la adolescencia, sea el paso del tiempo pero sin tener que esperar la llegada de la década de los cuarenta años.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Sólo tengo algo que agregar...Si crecer duele, yo necesito morfina para envejecer!!!

Anónimo dijo...

jaja, qué tal con la ruquez de foto esa! me da gusto saber que siguen siendo amigos a pesar del paso del tiempo!